Me llamo Marcos

Odio no encender el cigarrillo a la primera. La piedra del mechero y lo resbaladizo de mis aletas hacen que siempre necesite tres intentos. Adoro fumar desde que una noche descuidé un mal polvo para encenderme un piti. Sentirme el imbécil de una película americana en blanco y negro para olvidar mi anaranjada piel siempre fue una absurda fantasía que mordía lo inservible y repetido de mi cerebro. El fuego de un incendio en un sueño me despertó hinchado como una patata, sin una sola gota de oxígeno y a punto de morir. Algo debió ocurrir minutos después, porque el hinchazón desapareció y yo comía galletitas de pescado y aleteaba tan ignorante como feliz junto a Madres. Murió hace dos meses. Yo me quedé solo, aleteé con mayor libertad y comí sin las lentas peleas bajo el agua. Sin embargo, la paz murió una vez más cuando el fuego del mismo incendio en un sueño me despertó en plena agonía. De nuevo a punto de explotar, con los dos ojos como canicas y sin un solo pensamiento en las branquias. Si soplaba una vez más el agua entre mis labios, el globo de escamas que soy serían mil estrellas dispersas en este mar de cristal. Debió aparecer el doctor, que dijo ser veterinario, y yo de nuevo debí ser lo que soy: Un pez. Diagnóstico surrealista.

El agua salpica cuando ella, orgásmica, golpea con su dedo gordo del pie el único vaso que queda con líquido sobre la mesa. Tengo alergia al agua y nadie se pregunta el motivo. Ya no vivo en una pecera, ahora vacía, y ella sigue follando como una niña consentida. Tiene las tetas pequeñas y aún no se pregunta por qué él tiene un pez sentado en el sofá fumando un cigarrillo mientras esnifa líneas de coca sobre una mesa de cristal. Ella suda. Son enormes las gotas que resbalan por su afilado cuello, lentas por su curvada espalda, sucias por sus inquietas nalgas. El mercurio rojo debe tocar los cuarenta grados si tuviéramos termómetro. Caen algunas de sus gotas sobre la mesa a cada salto. Ahora lo veo, ahora no. Ahora lo veo, ahora no; ahora casi, ahora no. Ahora. Ya no. El pene continúa erecto. El sudor me ayuda a resbalar una vez más y limpio esa raya de coca descuidada. ¡Benditas branquias! ¿A qué sabrá la mierda de paloma? Acaba de cagar sobre el cristal de la ventana y aún resbala el excremento por el tragaluz. Tan verde…

Antonio es gilipollas. Un demente sin futuro. Me compró en un acuario porque a  ella le gustaban los peces. Un día olvidó cambiar el agua. Hoy sólo quedo yo. Me llamo Marcös, él me llama Söcram, como el azúcar. Él blanco. Ella pone moreno al café. Yo no tomo café. Tal vez es mi adicción. Ella quizá desconoce mi existencia porque aún no hizo evidente mi presencia. Llega, chupa, folla y se marcha. A veces fuman un porro a medias. Otras beben. Él se emborracha. Ella se marcha antes. Antonio siempre está borracho. O lo aparenta. Es una corrección transcendente. Bebe en un solo día lo que yo podría ingerir en mil putos años. Y mi vida es su vida.  Ambas, sin duda, una puta irrealidad.

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